sábado, 21 de mayo de 2011

EL EJEMPLO DE ALMONTE



Por Antonio Burgos
ABC 14 mayo 1985


La mágica cifra del siete nos llevó el domingo a muchos sevillanos a Almonte, para ver la procesión de la Virgen. De siete en siete años salía el Santo Entierro Grande y cada siete años va la Virgen a Almonte, y los sevillanos sabemos dar toda su importancia mágica al guarismo bíblico. De entrada, saber que puedes contemplar un hecho que inusualmente ocurre ya te sitúa ante el gozo de la rareza. El domingo en Almonte era como el sábado en Jerez, cuando se paró el reloj de la plaza a las siete en punto de la tarde porque un gitano estaba haciendo carteles de toros, aquello no era torear, aquello era ver tomando cuerpo en un vestido salmón y seda la muñeca de Roberto Domingo: hay un momento en que la tauromaquia rompe las fronteras del tiempo y del espacio para entrar en el bronce de la escultura. En Almonte también se había parado el reloj. Cuando la Virgen sale, se para el tiempo.

-¿Cuándo sale la Virgen?

-Cuando quieran los almonteños...

-¿Y cuándo entra?

-Cuando los almonteños quieran...

El reloj de Almonte está allí, bajo la plata antigua y el manto que nos recuerda mañanas de la Virgen de los Reyes. El reloj de Almonte está debajo de las pardas camisas sudorosas, de los congestionados rostros, de los pelos alborotados. El reloj de Almonte tiene unas manecillas rítmicas, que son los extendidos brazos de un cura de sotana, al que han alzado a hombros delante de la Virgen. ¿No hay algo de Puerta del Príncipe en el cura rociero a hombros, manecillas del reloj sin tiempo de lo almonteños sus dos brazos? Cuando Andalucía sueña la perfección de sus cánones de belleza, necesariamente tiene que alzar a hombros a alguien. Los aires de Roma andaluza son los que a hombros sacan al sumo sacerdote de la liturgia del templo del toreo; los que a hombros elevan al cura rociero, sotana llena del polvo del camino o del Chaparral, cuando la Virgen está en la calle, y sus manos son las manecillas del reloj sin tiempo que los almonteños llevan dentro del corazón.

Estaba Almonte blanco de portadas, de cadenetas, de flores de papel, de arcos de romero, de fingidas palmeras en las más humildes calles. La torre estaba colgada de verdes pendones, como una Giralda empequeñecida por el paso del tiempo, como escapada del libro de Farfán, como un grabado de Tortolero. Pasabas por las calles, blanco Almonte, y veías los arcos de triunfo y te recordaban los que villa antaño levantaba para recibir a sus Reyes. Era como una vuelta al Siglo Diecinueve y a los arcos triunfales que Sevilla levantaba para recibir a Isabel Segunda. Almonte sigue levantando estos arcos de siete en siete años para despedir a su Reina de las Marismas, y algo hay de visita regia al Cazaderos de las Rocinas cuando por los caminos la llevan.

Estaba Almonte con los balcones colgados, con las calles enramadas, y barruntábamos que así debió ser en Sevilla un día la carrera del Corpus. Todo cuanto de las arquitecturas efímeras tenemos en Sevilla que ver en los libros, en Almonte lo tenemos vivo, con la magia de los siete años. ¿Por qué, en vez de ir hasta allí para gozarnos de las costumbres de Andalucía, no restaurar estos usos sevillanos? No hablo del Rocío que ustedes conocen, que poco con Sevilla que ver tiene. Hablo del domingo del Almonte de arcos de papel, de cúpulas de madera, de medios puntos de purpurina. Hablo de un desconocido Rocío urbano donde no suenan las palmas, ni nadie canta, ni va la España del huecograbado en color a pintar la mona. Hablo de un pueblo orgulloso de su ser, altanero en su gozo, sabedor de que posee uno de los milenarios centros mágicos de Andalucía, que el domingo, como cada siete años, repitió el prodigio de sus arquitecturas efímeras. Para recordarnos a los sevillanos cómo debió ser la carrera del Corpus que perdimos.

Claro que para eso hay que tener muy centradas las manecillas del reloj sin tiempo y Sevilla anda con la brújula loca. Preguntas en Almonte y te dicen:

-Cuando los almonteños quieran...

Y es la otra cara de la indolencia de Sevilla. Los sevillanos nunca quieren nada... Si no fuera porque están marcadas por un reloj que siempre da las horas en punto, aquí ni siquiera saldrían esos dos símbolos de Sevilla que son las cruces de guía y los alguacilillos...

Antonio BURGOS

LOS OJOS DE LA SEÑORA




Por Justo de la Peña
Revista ROCIO octubre 1959


Una amiguita valenciana, y como tal fervorosa devota de la Virgen, bajo la advocación sublime de Nuestra Señora de los Desamparados, no perdía ocasión en que pudiera comentar sus devociones. Describía con tanto detalle los cultos, y la delicada y emotiva ofrenda de las flores, que parecía estar asistiendo a ella. Sin embargo, se notaba un poco de vacío espiritual en esa amiguita. Yo confiaba en el milagro.

Invitela a la Romería del Rocío, pero con todas las molestias y sacrificios que acarrea el viaje en carreta. Mi deseo era que viese a la Señora.

El camino que recorremos desde aquí hasta el Rocío está lleno de poesía. La noche en “Torrero”. Por la mañana, el paso del río Quema. Y así adelante, pisando chinos y arenas, espinas y flores. Manifestación de fe por todas partes. Nos hablan de Ella, campos reales, con sus caminos y cortafuegos, sus junqueras y eucaliptus. Todo parece acompañarnos, porque todos tenemos en esos días la misma meta: la Blanca Paloma.

Pentecostés nos llama. La Blanca Paloma nos espera. El Espíritu Santo nos acompaña. Por eso no puede haber romeros apáticos ni romeros irreverentes. A mi amiguita la esperaban los ojos de la Señora. A medida que se divisaba los contornos de la aldea, iba mi amiga transformando su sentir. Cada vez más callada, sus ojos claros parecían fijos en un punto. Así hasta entrar en el recinto bendito del Rocío. Después de desfilar por la puerta de la Ermita, nuestra amiga quedó muda. Una vez instalados los enseres en la casa, tratamos la visita, pero tostados y polvorientos, acabados de llegar. Ella nos aguarda, quiere vernos con el cansancio del camino. Nos aguarda con los brazos abiertos. La valencianita, con su cinta y medalla al cuello, su traje roto, sus pies cansados y llenos de espinas, me buscó, ansiosa de ver a la Señora. Cuando pisó el suelo de la Ermita, aceleró el paso abriéndose camino entre el gentío que lo llenaba todo, como siempre; quedó al lado del presbiterio, tan cerca de las velas que ardían en montones, como siempre también, que la luz transfiguraba su cara. Apretaba sus manos cruzadas tan fuertemente que hacíase daño, según supe después, pero no apartaba sus ojos de la Señora. Así permaneció tanto tiempo que invitáronla a sentarse, mas no quiso. La boca, entreabierta, apenas movía sus labios. Una cosa rara había en su actitud. Me acerqué a ella para que saliese de la Ermita, puesto que el calor de las velas encendidas podía dañarle y su contestación fue ésta. Querido amigo: Qué razón tenia, cuando me dijo que la Señora, en esta advocación está en carne mortal en estos días entre nosotros. No puedo irme. No lo desea Ella. No puede mi corazón con tanta emoción sin desahogarse al pie de su altar. ¿Qué tiene la Señora en sus Ojos que no puedo apartar los míos de Ellos? Me habla. No sé si podré marchar sin saber qué quiere. ¿Qué fuerza tiene su mirar, entornado? Qué atracción su Pastorcito. Qué hermosura sus flores. Qué grandeza su figura. Madre, decía: dime qué quieres de mí. Ilumina mi camino. Aclárame la oscuridad en que he vivido hasta que te vi. Seré tu más ferviente devota. Así lloraba y lloraba, sin tregua. Vámonos ahora, le dije. Luego volveremos de nuevo. Y así fue calmando su llanto. Salimos poco a poco y al volver a mirar d nuevo a la Señora, me preguntó: ¿Podré confesar esta tarde? Sí, como no, cuando quieras; le dije. Y en efecto, se realizó el milagro. El domingo había ganado una nueva alma los Ojos de la Señora.

Mi amiguita sólo sabía entrar en la Ermita. Mirar una vez y otra el altar. Lloraba desconsolada al ver las promesas que allí concurren.

Sus ojos no sabían cerrarse, sus labios una continua petición, y una fervorosa plegaria. Al despedirse par ala vuelta de la Romería, ofreciole a la Señora volver siempre que le fuera posible y llevar aquellos Ojos fuertemente clavados en su corazón. Porque tienen un poder distinto a todos, los Ojos de la Señora, la Santísima Virgen del Rocío.

JUSTO DE LA PEÑA 
Puebla del Río

A mi amigo rociero Alberto Luis Mena, que se que con sus ojos se queda...., entre una de las muchas cosas de la Señora...

LEYENDA O REALIDAD HISTÓRICA


La primera versión escrita que de dicha tradición se conoce, es la recogida en la Regla de la Ilustre, Más Antigua y Primordial Hermandad de Nuestra Señora del Rocío de Almonte, de 1757 y que textualmente dice:
"Entrado el siglo quinze de la Encarnacion del Verbo Eterno, Un hombre que, ò apacentaba ganado, ò havia salido a cazar, hallandose en el termino de la Villa de Almonte en el sitio, que llamaban de la Rocina (cuyas incultas malezas le hacían impracticable à humanas plantas y sólo accesible a las Aves, y silvestres fieras) advirtio en la vehemencia del ladrido de los perros; que se ocultaba en aquella selva alguna cosa, que les movía à aquellas expresiones de su natural instinto. Penetrò aunque à costa de no pocos trabajo, y en medio de las Espinas hallò la Imagen de aquel sagrado Lirio intacto de las espinas del pecado, vio entre las zarzas el simulacro de aquella Zarza Mystica ìlesa en medio de los ardores del Original delito miró una Imagen de la Reyna de los Angeles de estatura natural colocada sobre el seco tronco de un Arbol. Era de talla, y su belleza peregrina. Vestiase de una túnica de lino entre blanca, y verde, y era su portentosa hermosura atractivo aun para la imaginacion mas libertina.

Hallasgo tan precioso como no esperado, llenò al hombre de un gozo sobre toda ponderacion, y queriendo hacer a todos patente tanta dicha, à costa de sus afanes desmontado parte de aquel cerrado bosque, sacò en sus hombros la Soberana Imagen à Campo descubierto. Pero como fuese su intencion colocar en la Villa de Almonte, distante tres leguas de aquel sitio el bello simulacro, siguiendo en sus intentos piadosos, se quedò dormido à esfuerzo de su cansancio, y su fatiga. Despertò y se hallò sin la sagrada Imagen, penetrado de dolor, bolviò al sitio donde la vio primero, y allí la encontrò como antes. Vino à Almonte y refiriò todo lo sucedido, con la qual noticia salieron, el Clero, y el Cabildo de esta Villa, y hallaron la Sta. Imagen en el lugar, y modo que el hombre les havia referido, notando ìlesa su belleza no obstante el largo tiempo que havia estado expuesta, à la inclemencia de los tiempos, lluvias, rayos de Sol, y tempestades. Poseidos de la devocion, y el respeto, la sacaron entre las malezas y la pusieron en la Iglesia Mayor de dicha Villa, entre tanto que en aquella Selva se le labrava Templo.
Hizose, en efecto, una pequeña Hermita de diez varas de largo, y se construyò el Altar para colocar la imagen, de tal modo que el tronco en que fue hallada le sirviese de peana. Adorandose en aquel sitio con el nombre de la Virgen de Las Rocinas"

La realidad histórica es muy distinta. Pero, para mejor entender los hechos, será bien que digamos algo acerca del lugar donde se alzó a fines del siglo XIII la ermita de Santa María de las Rocinas.

Estas tierras de Las Rocinas no constan ni aparecen en el repartimiento de Sevilla, cosa muy natural, puesto que eran parte del reino mudéjar de Aben-Mahafut de Niebla, reconquistado por Alfonso X en 1262.

Las Rocinas, cazadero reservado a la Real Corona, se constituye como tal después del repartimiento de Niebla, con limites muy imprecisos en 1267. Desde el siglo XIII al XVI este Coto Real conserva su primitivo nombre de Las Rocinas. Restringidos posteriormente sus términos, desde el mismo siglo XIII, por diversas regias donaciones, ya en las reales cédulas de Felipe II se denomina Coto Real del Lomo del Grullo y Las Rocinas, unificándose después el nombre para quedar en Coto Real del Lomo del Grullo.

Este cambio de nombre tiene su origen en la donación de la Madre de las Marismas que los Reyes Católicos otorgan a Esteban Pérez Cavitos, el 18 de Noviembre de 1476; ciertamente esta cesión significó para el Coto Real la pérdida de Las Rocinas. Andando el tiempo, el Concejo de Almonte, celoso del enclave de la ermita de Santa María de las Rocinas dentro de los linderos dados a la Madre de las Marismas, adquirió estas tierras por compra, en escritura pública de 23 de diciembre de 1582, confirmada por otra de 29 de marzo de 1583.

No obstante todo esto, fue Fernando el Católico uno de los reyes que más se preocuparon por la guarda y conservación del Bosque y Palacios de Las Rocinas. En 1491 ordenó importantes obras en el palacio, que el rey encomendó al jurado de Sevilla, Nuño de Esquivel, según consta en una real carta de 12 de enero del mismo año.

Por otras reales cartas de 30 de abril de 1494 y 22 de enero y 9 de agosto de 1513, dictó diversas disposiciones y ordenanzas para la conservación del Real Bosque y de la guarda y veda de su caza, Carlos V, el Emperador, también se ocupó del Coto Real por cédula de 29 de octubre de 1518.

Felipe II, meticuloso administrador de todo, como consecuencia de ciertos informes del alcaide de los Reales Alcázares de Sevilla, siendo todavía príncipe heredero, mandó en 1553 ampliar en una legua más en redondo los linderos del Coto Real.

Por la parte de Almonte, la linde quedó establecida a lo largo del arroyo del Algarrobo, corriente abajo, hasta entrar en el del Ajonjolí, quedando la ermita de Nuestra Señora de las Rocinas a la derecha y fuera de la llamada legua innovada.

Felipe IV estuvo en el Lomo del Grullo, de paso para su celebre visita al Bosque de Doñana, en 1624; también estuvo en el Lomo del Grullo Felipe V, en 1729, durante la estancia de la corte en Sevilla.

Así, con estos linderos, por decisión de Isabel II en pro de la Hacienda, fue enajenado de la Real Corona el Coto Real del Lomo del Grullo, y adquirido en 1850 por los Infantes Duques de Montpensier. Allí, en el Coto del Rey, pasó largas temporadas la condesa de París, doña María Isabel Francisca de Orleáns y Borbón, que, con sus hijos, fue figura y signo de toda una época de la historia rociera.

Sin duda alguna, Alfonso X el Sabio, creador de este coto de caza, frecuentó durante sus muchas estancias en Sevilla, su Cazadero Real de Las Rocinas; no es fácil afirmarlo de sus sucesores Sancho IV y Fernando IV.

El más constante cazador en Las Rocinas fue Alfonso XI. Hemos de tener presente que don Alfonso el Onceno, desde que a los dieciséis años, en 1327, siendo ya rey, viene por vez primera a Sevilla, hizo de esta ciudad centro principal de su vida; y esto, no solo por su importancia y por su proximidad a la frontera morisca, sino porque en Sevilla tenía su amor: doña Leonor de Guzmán.


Clara prueba de ello nos la ofrece su Crónica en ocasión de la guerra con el Rey de Portugal. En 1337. estando en guerra con el rey de Portugal, desde Olivenza se vino don Alfonso enfermo a Sevilla. En el mes de julio, recobrado el Rey de su indisposición -dice Ortiz de Zúñiga-, volvió a campear contra Portugal entrando en el Algarve por el Condado de Niebla. La Crónica de don Alfonso el Onceno, más explícita, dice acerca de este hecho: El Rey había enviado a llamar los concejos de Écija, y de Córdoba, y de Carmona, y de Jerez, y algunas gentes del obispado de Jaén; y desque fueron todos allí juntos, el Rey salió de Sevilla y fue a San Lúcar del Alpichín, y otro día fue a Villalva,  de Niebla, y de alli fue a correr montes a unos sotos muy grandes que dizen las Rocinas. Y estas jornada tomava el Rey en estas tierras porque los suyos que avian de ir con el pudiessen salir y alcançarlle.

El ejército, la hueste, se movía más despacio, y el Rey llevado de su pasión cinegética, quiso aprovechar este buscado compás de espera para ir con los caballeros de su casa y sus monteros, Diego Bravo, su montero mayor, y Martín Gil, Gotier Roiz, Pascual Pérez de las Rocas y otros, a fatigar sus sotos favoritos de Las Rocinas.

De acuerdo con el Estudio y Edición Crítica de Mª Isabel Montoya Ramírez, publicado por la Universidad de Granada en 1992, sobre el Libro de La Montería, Alfonso XI describia que:
"En tierra de Niebla ay vna tierra quel' dizen las Roçinas, et es llana, et es toda sotos, et ay sienpre et puercos. Et son de correr d´esta guisa: poner la bozeria entre vn soto et otro en lo mas estrecho, et poner el armada al otro cabo en lo más ancho".
Y a fuero de experimentado conocedor del lugar, nos explica que "Et non se puede correr esta tierra sinon en yuierno muy seco, que non sea lluuioso; et en verano non es de correr, porque es muy seca et muy dolentiosa".
Y añade el regio cazador, como quien bien lo conoce todo: "Et señalada mjente, son los meiores sotos de correr cabo un yglesia que dizen Santa María de las Rocinas, et cabo otra eglesia que dizen Santa Olalla...."

Estudios fehacientes prueban que este libro es obra de Alfonso XI y sus monteros, y en él se recogen a más de datos y textos anteriores, las experiencias del propio Rey, de su montero mayor, Diego Bravo, y de Martín Gil. El comienzo de su redacción puede datarse en los años 1340-1341 y su terminación hacia 1348. Naturalmente, las noticias en el libro recogidas son, como es de razón, de fechas muy anteriores.

De ello se deduce la existencia de la iglesia de Santa María de las Rocinas en el año 1337, en que, Alfonso XI va de montería a Las Rocinas.

Pudiéramos retrotraer esta noticia de la primera visita de Alfonso XI a Las Rocinas y, por tanto, la existencia del santuario hasta 1330-1331, años en que Alfonso XI hizo su primera larga estancia en Sevilla. De todos modos, se puede afirmar en base a los estudios realizados por investigadores de la talla de Infante-Galán, que en el primer cuarto del siglo XIV existía ya el santuario e imagen de Santa María de las Rocinas, esta misma imagen que ahora veneramos y en este mismo lugar desde los últimos años del siglo XIII.

Alfonso X, creó para si y para la Real Corona este cazadero de Las Rocinas, y fue con asiduidad a montear estos sotos.

El rey, que según el Infante don Juan Manuel, su sobrino, mandó hacer muchos libros buenos sobre el arte de la caza, fue tantas cuantas veces pudo a montear los ya entonces famosos sotos de Las Rocinas.

La primera y primitiva ermita de Santa María de las Rocinas fue edificada, y colocada allí la imagen de la Virgen, por orden de Alfonso X el Sabio, entre 1270 y 1284, (según Infante-Galán) al mismo tiempo que el rey don Alfonso se preocupaba en la edificación de la iglesia de Santa Ana, de Triana, cuya imagen titular, donación del propio rey, tantas semejanzas guarda en su rostro con la imagen de Nuestra Señora del Rocío.

A la par, se supone que fue igualmente levantada la ermita de Santa Olalla o Santa Eulalia, próxima a la laguna de su nombre, (et cabo otra eglesia que dizen Santa Olalla....) que era a su vez uno de los santuarios e imágenes de la Virgen que Alfonso X, tan ferviente devoto de la Madre de Dios, repartió por los lugares de su mayor frecuentación.

La casa del guarda que actualmente se encuentra en dicha laguna, dentro de los límites del Parque Nacional de Doñana, se supone construida sobre lo que algún día fuera aquella ermita dedicada a Santa Eulalia, que los árabes fonéticamente pronunciaban Shant Ulaya, que con variantes ha llegado hasta nuestros días como Santa Olalla.

LOS TAMBORILEROS DEL ROCIO



Por Fray Sebastián de Villaviciosa
Revista ROCIO febrero 1962


Acordó el Señor la creación del mundo, y un día de los siglos imposible de calcular, sus labios pronunciaron las palabras omnipotentes que lo sacaron de la nada: “Que se haga la luz, que las aguas, los aires y la tierra germinen sus frutos..” La variedad de pájaros, peces y flores fue ya consecuencia natural de la infinita fecundidad de la palabra de Dios. Así también otro día, ya del siglo XV, la Madre de Dios quiso su Rocío como centro de atracción para salvar a los hombres en el tiempo y en la eternidad. La variedad de emociones en las fiestas rocieras fue ya sencilla consecuencia del querer casi omnipotente de la Blanca Paloma.

Nadie sabría decirnos cuándo las estrellas comenzaron a distinguirse de los luceros, ni cuando las primeras rosas se multiplicaron en sus diversos matices. Ni tampoco sabe nadie cuándo en las fiestas rocieras se fueron perfilando los diversos actos de su liturgia popular; quién dispuso el Rodeo y cuándo aparecieron los tamborileros, elementos esenciales en la fantástica romería, porque son los que le echan la sal a montones y me ponen a las criaturas a punto de caramelo.

Yo creo que los tamborileros aparecieron solos en el Rocío, al hacerse necesaria su figura y su música en las fiestas reales y campestres sin artificio de cosa estudiada, abierta al sol y a los aires del mar y la tierra.

Como la sal al pan, al Rocío de la Virgen le son absolutamente necesarios sus tamborileros, de estampa inconfundible con los de otras regiones. Ellos mismos no se conocen cuando tocan en otras romerías; en la suya, parecen fundidos en bronce, insensibles al sol, al sueño y al cansancio. Misterio éste puramente rociero; como hombres d carne y hueso tienen la resistencia de aquellos titanes de la mitología clásica. Con cuatro “cabezás”, como suele decirse, y atienen cuerda para rato, para esas interminables horas de constante tocar en su misión de espolear la alegría, sostener el ritmo del baile y tenerme a las criaturas en tensión de Rocío mientras dure la fiesta.

Los tamborileros de la Blanca Paloma tienen el rumboso título de beneficiados organistas en la catedral del Rocío, y tan orgullosos están de su beneficio, que no lo cambiarían por el de organista de la Catedral de Sevilla. Son los caballeros cubiertos ante la Reina de las Marismas, la única realeza verdad, después de la de Cristo, que hubo siempre en Andalucía, y por eso el mirarlos como a algo íntimo de la hermosísima Señora. En la expectación rociera de todo un año, con su aparición en los pueblos, tienen el carácter de profetas que anuncian el minuto de la realidad. También tiene algo de Arcángel San Gabriel, por su alegre misión de anunciar el Rocío de María Santísima.

La aparición de los tamborileros en los pueblos que pertenecen al imperio de la Blanca Paloma tiene todo el carácter de acontecimiento soñado con inquietudes de tardanza, porque si hasta entonces el deseo era llama, ellos lo convierten en hoguera con su música inimitable. Las luces del Rocío brillarán ya en los pueblos hasta el momento de comenzar la marcha, para espabilar a los dormidos y sostener la ilusión de los despiertos.

Con la filigrana de su música inconfundible, los tamborileros escriben en el aire caliente de mayo el mensaje de flores que la Blanca Paloma manda a sus devotos llamándolos a su Rocío, del que son los más expresivos pregoneros. Sin leyes escritas que definan su cargo, todos son iguales en el desempeño de su misión pregonera. Hasta su tipo físico se ajusta a un canon sin acuerdo: Delgados siempre; los excesivamente altos y gruesos, se excluyen solos al faltarles vocación; porque también para tamborilero del Rocío, como para fraile, se necesita vocación, que quiere decir, llamamiento. Un día los llamó la Virgen y ellos respondieron orgullosos de tan alta dignidad.

Ningún cambio social o político alteró sus maneras de ser, por muy profundas huellas que dejaran en la vida. Nacieron como son hoy, y mejor, como los quiso su Reina. Pasaron por los siglos y los tiempos sin que los tiempos y los siglos pasaran por ellos, como si pesar sobre su cargo una especie de ritual consagración en el sentido humano de la palabra: En un conjuro y como divino sortilegio de monte y marisma, de agua y de sol, de juncos y romero, una graciosa bendición de la Blanca Paloma le embrujó el tamboril, mientras del Divino Pastorcito le encantaba la flauta. Podrán tocar en otras romerías, y lo hacen, pero nunca como en aquella para la que fueron “consagrados” en conjunción el monte con la marisma.

Sin conocer las normas estéticas de la armonía, ni entender de claves y sostenidos, bordan con su inspiración tan concertados arpegios, que yo he visto a un compositor vasco de fama nacional irse tras ellos sin cansarse de escucharlos. En fiestas reales abiertas a los aires del campo, como son las del Rocío, se imponía la Marcha Real con perfil campestre, y aquí está su arte y su secreto: cuando la tocan en la ermita, parece como que bordan en el manto de la Virgen las flores de lis de la realeza española.

En cada estampa rociera los tamborileros tienen su justo sitio escogido desde siglos por admirable instinto: delante de la carreta del Simpecado cuando va camino de las marismas; precediendo a la Hermandad cuando se dirige a la ermita... Van entonces como abriendo camino de flores a la Blanca Paloma.

Fue emocionante la “consagración” especial de un tamborilero como de quince añillos, a quien su abuelo, ya achacoso, le cedía el cargo. El muchacho era fino, moreno y con el pelo negro y rebelde. Llegaron al atrio de la ermita, el abuelo tocó por un breve espacio y por última vez la música de sus amores, entregando el tamboril y la flauta al nietecillo, que entró en la ermita tocando, hasta llegar al altar, donde se puso de rodillas. Se adivinaba la sonrisa de la Blanca Paloma y la bendición del Pastorcito al nuevo tamborilero de su Madre.

De acuerdo con los sentimientos maternales de la Virgen, bien pudiera ser que a la muerte de un tamborilero el Ángel del Rocío lo espere a las puertas del Cielo, le ponga en las manos tamboril de flores y estrellas, y tocando l música de su ilusión llegar hasta el trono de gloria donde en el Cielo triunfa la Reina y Pastora de las Marismas.

Fray Sebastián de Villaviciosa